En un reciente informe enviado a clientes, Bank of America (BofA) ha delineado un panorama de «fortaleza continua» para la divisa norteamericana a corto plazo. Esta revisión al alza de las proyecciones cambiarias no es un hecho aislado, sino la respuesta técnica a una tormenta perfecta de factores macroeconómicos que están reconfigurando los flujos de capital hacia los activos denominados en dólares.

Dos pilares sostienen esta renovada robustez del «billete verde». En primer lugar, los altos precios de la energía a nivel global actúan como un viento de cola para el dólar. Dado que Estados Unidos ha consolidado su posición como exportador neto de hidrocarburos, el encarecimiento de los combustibles mejora sus términos de intercambio, a diferencia de economías netamente importadoras como las de la Eurozona o Japón, cuyas divisas sufren el impacto de una factura energética abultada.

En segundo lugar, el informe de BofA pone el foco en las cambiantes expectativas de los bancos centrales. Mientras que hace unos meses el mercado apostaba por un ciclo de recortes sincronizados, la persistencia de ciertos focos inflacionarios ha obligado a la Reserva Federal (Fed) a mantener una postura más restrictiva («higher for longer») en comparación con sus pares europeos. Este diferencial de tipos de interés atrae a los inversores que buscan mayores rendimientos en la renta fija estadounidense, alimentando la demanda de la moneda.

La consecuencia directa de esta hegemonía se refleja en el cruce de las divisas más negociadas del mundo. Bank of America ha ajustado sus previsiones para el par EUR/USD, situando ahora su estimación en los 1,14 dólares por euro para finales del segundo trimestre de 2026. Esta cifra representa una corrección significativa que refleja una visión más pesimista sobre la capacidad de recuperación de la moneda única frente al empuje del dólar.

El mensaje de BofA es de cautela pragmática. El dólar no solo está operando como un activo de reserva, sino como el principal beneficiario de una fragmentación económica global donde la seguridad energética y la política monetaria ortodoxa dictan el valor de las monedas.

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