El Banco de Japón ha sido, durante décadas, el bastión de las tasas de interés negativas y los estímulos agresivos. Sin embargo, el viento ha cambiado de dirección. En un contexto marcado por la inestabilidad geopolítica y el encarecimiento de las materias primas, el banco central japonés se encamina a una subida de tasas de interés el próximo mes de julio, una decisión que busca evitar que la institución quede rezagada ante una presión inflacionaria que ya no parece ser transitoria.
El catalizador inmediato de esta urgencia es el mercado energético. El fuerte aumento de los precios del petróleo, exacerbado por la persistente guerra en Oriente Medio, ha alterado las proyecciones de costos para una nación que depende críticamente de las importaciones de energía. Esta situación ha generado un riesgo real: que el BoJ pierda el control sobre las expectativas de precios si no actúa con prontitud.
La evidencia de que la inflación ha echado raíces en la tercera economía del mundo es ya irrefutable. La inflación subyacente ha alcanzado finalmente el elusivo objetivo del 2%, pero son las proyecciones a futuro las que más preocupan a los analistas y exmiembros de la entidad.
El informe muestra que las expectativas de inflación a cinco años por parte de las empresas japonesas han escalado hasta el 2,5%. Este desanclaje de las expectativas sugiere que el sector privado ya está ajustando su comportamiento a un entorno de precios altos a largo plazo, lo que podría consolidar una espiral de salarios y precios difícil de revertir sin medidas drásticas.
La subida prevista para julio representa un cambio de paradigma. Por un lado, el BoJ debe endurecer su postura para proteger el poder adquisitivo del yen y mitigar el impacto del crudo importado. Por otro, debe evitar un enfriamiento excesivo de una economía que apenas se acostumbra a vivir sin el respirador artificial de los tipos de interés al 0%.



