El gobernador del Banco de Japón (BOJ), Kazuo Ueda, ha logrado una victoria política y económica clave, empleando una mezcla de diplomacia y pragmatismo para «vender» un inminente aumento de tasas de interés a una clase política que hasta hace poco se mostraba profundamente escéptica, si no abiertamente hostil.

El plan de Ueda de subir las tasas en diciembre, largamente anticipado por los mercados, ahora parece ser una certeza casi absoluta, eliminando la preocupación de que el BOJ pudiera sucumbir a la presión gubernamental para mantener la política monetaria ultralaxa.

El desafío de Ueda era formidable: convencer a figuras poderosas como la primera ministra Sanae Takaichi, quien el año pasado había calificado públicamente las alzas de tasas como «estúpidas». Según fuentes cercanas a las discusiones, el jefe del BOJ se centró en enmarcar la subida no como una amenaza al crecimiento, sino como una necesidad para mitigar los «peligros de la inflación» y la debilidad descontrolada del yen.

La propuesta ahora es un aumento de la tasa de referencia en un cuarto de punto, llevándola al 0,75% a finales de este mes. Esta decisión marcaría un hito, señalando el fin de décadas de tasas negativas o cercanas a cero y marcando el compromiso del BOJ con la estabilidad de precios.

El hecho de que el gobierno ahora asienta ante los riesgos inflacionarios y la volatilidad del yen —un factor que encarece las importaciones críticas de energía y alimentos— sugiere un cambio fundamental en la prioridad económica de Tokio.

Para los inversores globales, este cambio no solo valida el compromiso del BOJ con su mandato de estabilidad de precios, sino que también augura una mayor fortaleza para el yen a medida que se disipa la presión bajista generada por el diferencial de tasas con Estados Unidos y Europa.

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