La estabilidad de precios en la eurozona, el mandato sagrado del Banco Central Europeo, se enfrenta a un nuevo y volátil examen. Lo que comenzó como una serie de fricciones diplomáticas ha escalado a un conflicto abierto que involucra a Estados Unidos e Israel contra Irán, una situación que amenaza con desestabilizar no solo la política global, sino los cimientos de la política monetaria europea.
Hasta hace pocas semanas, el consenso en Fráncfort apuntaba hacia una normalización de los tipos de interés, gracias a una inflación que parecía domada. Sin embargo, el estallido de la guerra en el Golfo cambia radicalmente el cálculo de riesgos. La mirada de los gobernadores del BCE está ahora fija en un indicador crítico: las expectativas de inflación a medio y largo plazo.
Irán controla puntos neurálgicos para el tránsito de crudo, y cualquier interrupción prolongada dispararía los costes de la energía. Si estas presiones se filtran a las expectativas de los consumidores y las empresas, el BCE se verá obligado a dar un giro de 180 grados en su postura.
En lugar de continuar con el ciclo de recortes, la institución podría verse compelida a mantener el precio del dinero para evitar que la inflación se enquiste en la economía real.
Christine Lagarde y su equipo se encuentran en una posición delicada. Una política demasiado restrictiva ante un choque externo podría ahogar el débil crecimiento europeo. Ignorar el repunte de los precios energéticos bajo el pretexto de que es «transitorio» podría erosionar la credibilidad del banco si las expectativas de inflación se desanclan del objetivo del 2%.



