Las proyecciones electorales y la defensa del sector primario y secundario suramericano, la carrera hacia el Palacio de Planalto se ha trasladado de forma temporal a los despachos de política exterior de los Estados Unidos. Flávio Bolsonaro, precandidato de la derecha en las cruciales elecciones presidenciales de octubre en Brasil, pidió de manera directa y formal al gobierno de Donald Trump que no imponga aranceles comerciales a su país, argumentando que una ofensiva proteccionista de esa magnitud desestabilizaría los balances de la balanza comercial y terminaría por beneficiar políticamente a su principal rival ideológico, el actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva.
La puesta en escena del senador e hijo del exmandatario brasileño desvela un pragmatismo económico de primer orden. Durante una comparecencia de alto perfil técnico en una audiencia pública celebrada en la Oficina del Representante Comercial estadounidense en la ciudad de Washington, el hijo mayor del expresidente brasileño Jair Bolsonaro se presentó formalmente ante las autoridades norteamericanas como un férreo defensor del sector exportador brasileño.
El objetivo central de esta misión de cabildeo e inversión política consiste en blindar los flujos de capital y el acceso a los mercados de consumo del hemisferio norte, garantizando que el Producto Interno Bruto (PIB) real de las industrias siderúrgicas, manufactureras y agroindustriales del gigante sudamericano no se vea constreñido por barreras arancelarias unilaterales.
A juicio del precandidato de la derecha, la imposición de tarifas y sobretasas por parte de la administración de Donald Trump generaría de inmediato una reestructuración forzosa de los costes fijos de las corporaciones privadas brasileñas que exportan maquinaria avanzada, acero, aluminio y biocombustibles hacia la mayor economía del planeta.
Este castigo comercial ralentizaría de forma persistente la creación de empleo formal cualificado en los estados industriales del sur y sureste de Brasil, permitiendo que la narrativa oficialista de Lula da Silva capitalice el descontento social mediante el despliegue de subsidios extraordinarios y un incremento del gasto público con cargo a la disciplina fiscal del Estado.
Mantener la predictibilidad para la inversión extranjera directa y los presupuestos de inversión en capital fijo exige que las directrices del circuito del comercio internacional no se vean alteradas de forma brusca por decisiones de política arancelaria dictadas por la Casa Blanca.
Al presentarse como el garante de los intereses de las grandes multinacionales del agro y la manufactura local, Flávio Bolsonaro aspira a consolidar el respaldo financiero de los sectores más dinámicos del PIB brasileño, quienes ven con notable cautela regulatoria las tendencias proteccionistas que asoman en las principales economías de la OCDE.
La defensa de los flujos comerciales bilaterales es un acto de supervivencia corporativa; si Washington opta por ignorar la petición y activar los gravámenes para proteger su propia industria secundaria doméstica, el Banco Central de Brasil podría verse forzado a calibrar de forma más estricta su política monetaria para mitigar el impacto cambiario sobre el real brasileño.
La ofensiva diplomática y económica de Flávio Bolsonaro en Washington delimita un panorama de alta volatilidad donde el libre comercio se convierte en un activo nacional en disputa antes de las presidenciales de octubre. Al advertir que los aranceles de Trump operarían de facto como un catalizador para la consolidación del proyecto político de Lula da Silva, el ala conservadora brasileña ratifica que los equilibrios fiscales internos y la competitividad externa de sus exportaciones físicas dependen enteramente de las variables de la política transnacional global.



